jueves, 10 de noviembre de 2016

EL PRESENTE Y LA HUMILDAD, LAS DOS PODEROSAS CLAVES DE LA FELICIDAD

Gran parte de los humanos vivimos en el sufrimiento de forma constante, experimentando momentos de bienestar y de dolor de forma alterna y desconectados de nuestra felicidad interna y verdadera.Vivir en el presente significa aceptar cualquier cosa que llegue a nuestras vidas sin juicio y disfrutar de cada momento, desconectando nuestra mente de lo que ocurrió o de lo que queremos que ocurra.El pasado y el futuro nos separaran del ahora y nos conducen al sufrimiento.
Sufrimos cuando queremos controlar todo lo que ocurre en nuestras vidas. Cuando nos empeñamos en que las cosas sean como nosotros queremos y no como son en realidad.Nuestra mente nos lleva a aferrarnos a personas o situaciones que no pueden ser, o que no tienen cabida en nuestra experiencia y en vez de soltarlas nos aferramos a ellas y sufrimos.
Querer cambiar al otro, querer transformar los hechos que ocurren es otro motivo de lucha y dolor, ya que en la aceptación de lo que pasa esta el secreto a la felicidad verdadera.Pero la causa mas clara de insatisfacción es el no aceptarte tal y como eres, el no admitirte tal cual, sin querer cambiar nada en ti. Amarte incondicionalmente, es decir, amarte sin ninguna condición, seas lo que seas, con tu imperfección.
Estar presente, adquirir presencia es alejarse definitivamente del sufrimiento. Para ello existen muchas técnicas de respiración y meditación que te ayudaran progresivamente a salir del ruido mental y dirigir tu vida desde otra perspectiva, aquí y ahora.
No identificarte con los pensamientos y crear un espacio entre el dialogo de tu mente y lo que eres de verdad ese es el objetivo de la meditación, entrar en conexión con tu esencia donde la presencia de ser adquiere el verdadero protagonismo
La gran mayoría de nosotros relacionamos la felicidad con determinados momentos de dicha como ese instante fugaz en el he conseguido el trabajo que deseaba, los primeros meses de enamoramiento, el precioso día de campo que he compartido con las personas a las que quiero… ¿Y el resto del tiempo? El resto del tiempo solemos pasarlo dejándonos llevar por la marabunta de quehaceres diarios, por las acciones automáticas, o por la angustia de solventar determinados problemas que en el presente nos parecen vitales, pero que pasado el tiempo se desvanecen, como si nada, en el saco roto de lo intrascendente. En ese “resto del tiempo” es donde perdemos preciosos momentos que podríamos haber utilizado en vivir apasionadamente.
¿Qué quiere decir vivir el presente?
Vivir el presente significa vivir apasionadamente, cada momento. Pero no solo los momentos que nos gustan, o los momentos que hemos deseado que ocurran, sino todos. Vivir el presente significa no pasar el día en ensoñaciones o maquinaciones mentales sobre cómo deberían ser las cosas, sino prestar atención a lo que son en realidad y vivirlas sin cortapisas, aunque sean dolorosas o aunque no sean como esperábamos.
Vivir el presente significa que cuando estoy dando un paseo, estoy sintiendo el aire, los sonidos, mi cuerpo, en lugar de repasar mentalmente todas las cosas que tengo que hacer o regocijarme en ese problema terrible que tengo y que no sé cómo solucionar. Si decides dar un paseo, da un paseo apasionadamente; si vas a jugar con tus hijos, juega como si fueras uno de ellos y, cuando sea el momento, vive apasionadamente y con toda tu atención el proceso por el cual harás todo lo que esté en tus manos para resolver ese problema terrible. La felicidad no reside en el pensar de las cosas, sino en vivirlas.
¿Qué quiere decir vivir desde la humildad?
Vivir con humildad significa vivir las experiencias no como si fueran algo que merecíamos, que esperábamos, o que preveíamos, sino como una sorpresa, como un regalo que jamás hubiéramos esperado recibir.
Para poder vivir apasionadamente el presente, es necesario amarlo en toda su dimensión. Y para amarlo en toda su dimensión, lo primero que debemos hacer es aceptar que no tenemos control sobre la vida o la existencia. Que solo tenemos control sobre nuestras emociones o sobre el modo en que percibimos la vida, pero no sobre las cosas que ocurren.
Para poder amar la vida apasionadamente, debemos aprender a amar también todas aquellas cosas que no nos gustan y no dar por hecho que la vida debe ser como nosotros queremos que sea.
Si vivimos desde el “derecho”, sufrimos con las cosas “buenas” porque tenemos miedo de perderlas y tarde o temprano se terminarán, como todo. Y también sufrimos con las cosas “malas”, porque esperábamos algo diferente.
Si vivimos desde la “humildad” ocurra lo que ocurra será un regalo, porque no esperaba nada, y porque la felicidad reside en haber sido coherente con la persona que soy, haciendo las cosas que creo que debo hacer, cambiando las cosas que puedo cambiar y aceptando las que no están en mis manos.
Los muros que nos alejan de la felicidad
Seguro que estás pensando que sí, que todo esto está muy bien, pero que no resulta nada fácil. Para poder experimentar esta clase de dicha vital, normalmente hay dos factores que suelen interponerse en nuestro camino:

Entender las experiencias dolorosas o difíciles como negativas.
Que las experiencias dolorosas o difíciles nos enseñan, es algo evidente. Creas o no creas en el destino, en la sabiduría de la vida, o en si esas experiencias tienen un propósito trascendente y místico o no lo tienen, lo cierto es que las experiencias dolorosas siempre nos ponen delante de las narices una lección que aprender. Y eso no es negativo. Doloroso sí, pero no negativo. Si ocupas parte de tu tiempo en reflexionar sobre esto, puede que ese dolor baje de intensidad. Es decir, al hacer consciente el hecho de que yo no tengo el control sobre la vida y que a veces es necesario pasar por ciertas experiencias para llegar a un lugar, es posible que el dolor ya no sea tan intenso. Por ejemplo, desinfectar una herida, duele, pero si hago consciente el hecho de que es necesario desinfectarla para que cicatrice normalmente, seré capaz de aceptar el dolor sin sufrir. Si, por el contrario, insisto en revelarme contra la doctora que me cura, lo mas probable es que que acabe haciéndome más daño y sufriendo inútilmente, pues la herida seguirá ahí, quiera yo o no quiera, y encima se infectará.
Huir del dolor
En esta sociedad existe un miedo, casi patológico, a sentir. Cualquier cosa que nos haga perder el control de las circunstancias nos aterra. Y lo peor es que no nos damos cuenta de que, en realidad, no hay nada que nos haga perder el control, puesto que nunca lo hemos tenido. ¿Cuántas veces hemos escuchado a una persona, con su mejor intención, decir: “Deja de llorar, que no es para tanto, venga sal, vamos a reírnos un rato, no puedes seguir así”. Cuando lo que en verdad necesitabas era que te dijeran: “Llora, porque necesitas llorar, aquí tienes mi hombro y, cuando el dolor se haya pasado, ya saldremos a reírnos un rato”.
Volvamos al ejemplo de la herida. Si tengo una herida pero insisto en no verla, en no curarla y hago ver a todo el mundo que no la tengo, la herida seguirá sangrando. A lo mejor con el paso del tiempo termina cicatrizando de todas maneras. Pero si dejo que la doctora me cure y acepto que tengo una herida y lloro si me apetece mientras me ponen un desinfectante, seguramente la herida cicatrizará mucho antes.
Perder a un ser querido duele, terminar una relación duele, las traiciones duelen, la duda duele y la vida duele muchas veces. ¿Qué tal si lo aceptamos y lo vivimos apasionadamente, cuando toque vivirlo? ¿Qué tal si no nos resistimos? ¿Qué tal si aceptamos que no tenemos una respuesta, una solución? ¿Qué tal si lloramos hasta que las lágrimas se terminen y nos cansemos de llorar? Entonces seremos capaces de reír, de verdad, con el corazón, y volver a salir al mundo para seguir viviéndolo apasionadamente.
La soberbia
El problema es que esta “sociedad del bienestar” (muy entre comillas) nos enseña que la felicidad reside en el placer, en el derecho, en tener mucho haciendo poco, en responsabilizar al mundo de mi sufrimiento, en disponer de muchos avances que me permitan una vida cómoda y sin dolor, sin cambios, y predecible. Y por eso solemos relacionar la felicidad con ese estado de placer o comodidad, que incluye matar a un bichito cuando me molesta, quejarme de todo aquello que me incomoda, dar por hecho que mi labor y mi persona son imprescindibles o sentir que el éxito es que la vida y el mundo se comporten como yo quiero que se comporten.
Las circunstancias pueden ser muy diferentes a lo largo de nuestra vida, pero solo hay una cosa que se mantiene estable, y eterna, solo una, y es el cambio. Todas las cosas empiezan y se acaban. Y sufrir por ello es una pérdida de tiempo y de felicidad, pues acabarán de todos modos.
El valor del esfuerzo
Imagina que estás dando un paseo por el campo y ves, a lo lejos, una pradera preciosa a la que te gustaría llegar. Está llena de flores y quieres disfrutar de su aroma. Es más, sientes un poderoso impulso que te incita a llegar hasta allí; que ese el cometido de tu vida. En este punto tienes dos opciones:
La primera, sentarte a la bartola y esperar a que alguien pase por allí y te lleve en brazos. Sin duda esta opción sería muy cómoda, pero podría ocurrir que no pasara nadie o que los que pasaran terminaran cansándose de ti o incluso que, con el tiempo, tus piernas se atrofiaran y ya no tuvieras la capacidad para moverte por ti mismo.
La segunda, caminar. Pero caminar, teniendo en cuenta que no sabes con qué te vas a encontrar, que el trayecto requerirá un esfuerzo, y que seguramente te tropezarás y tendrás que seguir caminando con el cuerpo dolorido durante algún tiempo. Con toda seguridad también te encontrarás paseantes que van en la misma dirección y que te ayudarán, te darán agua para saciar tu sed y conversación entretenida. No sabes cuándo llegarás, ni siquieras si llegarás. Pero quizá un día descubras que no hacía falta llegar hasta la pradera, que por el camino estaban presentes todas las flores que alguna vez quisiste oler.
Algunas ideas sobre la humildad, el presente y la felicidad
Dicen que dar consejos está feo, pero no puedo evitarlo, siempre fui una mariaconsejos. Sobre todo porque me encanta recibirlos. Muchas veces, en medio de la oscuridad aparece una luz, una frase, un libro, una opinión que me inspira. Porque entiendo que todos somos lo suficientemente sabios como para adoptar aquellas ideas que nos parecen interesantes y descartar aquellas que nos parecen intrascendentes. Lejos de pretender tener alguna verdad en mis manos, ya que como dijo Sócrates solo sé que no sé nada, comparto con vosotr@s algunos  pensamientos:
Cuando me esfuerzo con responsabilidad por caminar el sendero que he decidido recorrer, me siento feliz. Por el simple hecho de caminar en esa dirección, con coherencia. Esa es la recompensa, caminar con honestidad, aceptando todas las consecuencias.
Cuando recibo algo maravilloso en mi vida, trato de percibirlo como un regalo inesperado. No siempre lo consigo y a veces lo doy por hecho, pero intento que no sea así. Intento recordar que no tengo el control y que lo único que está en mis manos es disfrutar apasionadamente de ese regalo, mientras dure.
Cuando confío en la vida, me siento a salvo. Y cuando no confío en la vida, procuro reflexionar sobre el hecho de que cualquier experiencia tiene un propósito, que esa experiencia era necesaria en el camino y trato de sentir a la vida como si fuera una amiga, una madre, que no siempre me deja hacer lo que yo quiero, por mi propio bien.
Muchas veces me comparo con un animal, para desprenderme del ego. Los animales no se quejan cuando no encuentran comida, ni cuando llueve o hace frío. Simplemente se dejan llevar por esa fuerza maravillosa que les impulsa a permanecer vivos. Y cuando encuentran comida o cuando hace un día radiante, lo disfrutan y se tumban al sol, haciendo la digestión de sus manjares sin pensar en el hambre de mañana.
Cuando nos hacen daño, tendemos a sacar el orgullo a relucir inmediatamente. Yo lo he hecho muchas veces, me he equivocado muchas veces, y lo sigo haciendo. Pero cada tropiezo me lleva al mismo lugar, a la misma conclusión: Cuando me muestro como soy, con mi fragilidad, sin ocultarme tras una máscara de fortaleza, me siento mejor. Si me hieren, no es cosa mía. Si aún herida, soy capaz de seguir queriendo, mejor para mí. Cuando he sacado el orgullo a relucir siempre me he quedado con las ganas de saber qué hubiera ocurrido si hubiera mostrado abiertamente quién soy. Cuando admito que he perdido, me siento mejor. No hay nada que yo pueda hacer con respecto a las cosas que no dependen de mí y eso me proporciona una sensación de calma y sosiego que me tranquiliza, aunque haya, entre comillas, perdido la batalla.


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