martes, 31 de enero de 2017

TU YO SAGRADO capitulo 7


Libera al yo superior del ego

Yo no vengo a entreteneros con placeres mundanos sino a despertar vuestras
dormidas memorias inmortales
Paramahansa YOGANANDA

Sé que mi yo superior está siempre dispuesto a elevarme más allá del mundo
que percibo con mis sentidos

La pequeña palabra de tres letras “ego” ha tenido varios significados. En el
sistema freudiano, el ego, o el yo, es el aspecto consciente de la psique que
decide entre los instintos básicos del ello y la moralidad del superyo. Una
persona con un “problema de ego” se considera que está centrada en el yo. Se
considera que es jactanciosa, egoísta, desdeñosa, vanidosa y en general
desagradable. El estereotipo suele ser varón.

Existen muchas otras interpretaciones de la palabra “ego2. Algunos lo
consideran la parte inconsciente de nosotros mismos, principalmente dedicada
al odio, la malicia y la destrucción. El ego se ha descrito también como algo
que siempre está dentro de nosotros, controlando nuestra vida cotidiana, y que
poco podemos hacer para cambiarlo. Otros definen al ego como el aspecto
exclusivamente físico de nuestra realidad, como opuesto a la parte espiritual o
superior que definimos como alma.

Cuando yo hablo de ego, no me refiero a ninguno de estos conceptos. Yo
considero al ego como la idea que cada uno de nosotros tiene de sí mismo. Es
decir, que el ego no constituye más que una ilusión, pero una ilusión que
ejerce una gran influencia.



ANÁLISIS DEL EGO

Nadie ha visto nunca el rostro del ego. Es como un fantasma que aceptamos
que controle nuestra vida. La razón por la que nadie ha visto al ego es porque
se trata de una idea.

El ego es una idea invisible, incorpórea, ilimitada... NO es otra cosa que la idea
que usted tiene de sí mismo: su cuerpo/mente/alma/yo. El ego como realidad
tangible no existe. Es una ilusión. Mantener esa ilusión puede impedirle
conocer su verdadero yo.

En mi opinión, el ego es una disposición del pensamiento errónea que intenta
presentarle como a usted le gustaría ser en lugar de cómo es. En esencia, el
ego, la idea de uno mismo, supone una forma distorsionada de afirmar y vivir la
existencia.

Es probable que haya visto la palabra AMBULANCIA escrita al revés en la parte
frontal de tal vehículo, de forma que la persona que la vea por su espejo
retrovisor pueda leerla. Piense en ello. Cuando usted se mira al espejo se ve al
revés. Su mano derecha es su izquierda. Usted sabe que lo que tiene delante
es una visión inversa, y realiza los ajustes pertinentes. No confunde la realidad
con la imagen del espejo.

El ego, esa idea de uno mismo, se parece muchísimo al ejemplo del espejo,
pero sin los ajustes. Su ego quiere que busque su interior en el exterior. La
ilusión externa es la principal preocupación del ego. La misión de su yo
superior es reflejar su realidad interna y no la ilusión exterior.

La descripción presentada por Sogyal rinpoche en la obra The Tibetan Book of
Living adn Dying (el libro tibetano del vivir y del morir) explica a las mil
maravillas este descubrimiento: “Dos personas han estado viviendo en ti
durante toda tu existencia. Una es el ego, charlatana, exigente, histérica,
calculadora; la otra es el ser espiritual oculto, cuya queda y sabia voz has oído
o atendido sólo en raras ocasiones”. Luego Rinpoche continúa hablando de lo
que él llama el sabio guía.

Dentro de usted hay un guía sabio, una parte de su verdadero yo que camina a
su lado mientras avanza por la senda de su búsqueda espiritual. Rinpoche
concluye: “La memoria de tu verdadera naturaleza, con todo su esplendor y
confianza, comienza a regresar a ti... Te encontrarás con que has descubierto
dentro de ti mismo a tu propio guía sabio. Porque él o ella te conoce hasta los
tuétanos, dado que eres tú”.

Este guía sabio es usted, no la idea que tiene e sí mismo. Piense en este guía
interior como en su verdadero yo y escúchele. En lugar de prestar atención al
discurso del ego, oirá inspirados mensajes de sabiduría. Y se liberará de las
exigencias del ego.

No estoy sugiriéndole que conquiste, derrote ni desprecie al ego. Es
importante honrar y amar todos los aspectos de nosotros mismos. Esto
incluye al mundo visible de la percepción sensorial y al mundo invisible del
espíritu divino.

Esta cuarta clave de acceso a la conciencia superior tiene que ver con su
liberación de la ilusión creada por el ego de que el significado y la gratificación
definitivos de su vida los hallará fuera de usted mismo. La doma del ego es
una forma de invitar a los aspectos superiores de uno mismo a obrar según su
designio natural, amoroso e integrado.

A Course in Miracles deja claro este punto: “Tu misión es muy sencilla. Se te
pide que vivas de modo que demuestre que no eres un ego”.

Si no tiene una profunda y rica percepción de usted mismo y de su propósito
en el aquí y ahora, es probable que se dab a que cree que usted es su ego.



SIETE CARACTERÍSTICAS DEFINITORIAS DEL EGO


Librarse de las ilusiones del ego resulta más fácil cuando se conocen sus
rasgos definitorios.

1.- el ego es su yo falso. Su yo verdadero es eterno. Es la fuerza de Dios que
habita en usted y le proporciona la energía necesaria para que ande por ahí
arropado por lo que llamamos cuerpo. Creer que usted es sólo su yo físico, el
cuerpo que contiene la energía, es una creencia falsa.

No es necesario repudiar al ego cuando se reconoce como un yo falso. Lo que
en realidad se está reconociendo es que el ego representa una idea de su yo
que no concuerda con su verdadera identidad espiritual.

Estamos más acostumbrados a pensar que somos un cuerpo con un alma que
a darnos cuenta de que somos un alma con un cuerpo. El que usted se vea
según el ego –haciendo hincapié en usted como un ser físico- es una forma de
amnesia, que se cura cuando reconocemos quiénes somos en verdad.

Tagore hace referencia a la falsedad del ego en este elocuente pasaje:
Ese al que encierro en mi nombre está llorando en esa mazmorra. Estoy
siempre atareado construyendo un muro alrededor; y a medida que este muro
asciende hacia el cielo día a día, pierdo de vista a mi verdadero yo en su
sombra. Me enorgullezco de este gran muro, y lo enluzco con polvo y arena
por miedo a que pueda quedar en mi nombre un mínimo agujero; y a pesar de
todo los cuidados que tengo, pierdo de vista a mi verdadero ser.
El muro es el ego que construimos. Nos encarcela en la mazmorra de la
frustración. Fíjese en que Tagore usa la expresión “verdadero ser” para
describir a aquel a quien el ego le impide alcanzar su conciencia. El ego es lo
opuesto de ese verdadero ser. Es el ser falso.

Esta idea ha estado en nosotros desde que empezamos a pnesar. Nos envía
mensajes falsos respecto de nuestra verdadera esencia. Cuando la
escuchamos sin adoptar la posición del observador, penetramos en las
tinieblas. Hacemos suposiciones en torno a lo que nos hará felices y
acabamos frustrados. Nos esforzamos por hacer valer y acrecentar nuestra
propia importancia, cuando lo que anhelamos es una vida más profunda y rica.
Caemos repetidamente en el vacío del egocentrismo, sin saber que lo único
que necesitamos es bloquear la falsa idea de quiénes somos.

2.- El ego le quiere aislado. El ego quiere convencerle de que crea en la ilusión
de que está aislado. Con cada dolorosa experiencia de soledad, el ego se hace
fuerte. Esta falsa creencia la refuerza de manera constante nuestro entorno
cultural.
Convencidos de nuestro aislamiento, vemos la vida como una competición. La
competencia aumenta la sensación de estar aislado de los demás, y fomenta la
ansiedad por lo que hace a nuestro lugar en el mundo. Incapaces de vernos
conectados con la suprema inteligencia, la energía de Dios, nuestra ansiedad
aumenta y nuestra sensación de soledad nos impulsa a buscar conexiones
externas.

La sustitución de conexiones externas por conexiones internas es lo que
intentamos hacer mediante la demostración de que somos mejore que otros.
La necesidad de demostrar mejor aspecto, conseguir más cosas, juzgar a los
demás y encontrar defectos, son todos síntomas de la creencia errónea de que
estamos desconectados y solos.

La idea de que estamos solos comienza en un momento temprano de la vida.
Sin alguien que nos presente un modelo de vida interior más rica, crecemos
experimentando el dolor de la soledad, las heridas y las censuras de nuestros
iguales, todo lo cual intensifica la sensación de estar aislado.

El ego se hace cada vez más fuerte en la medida en que integramos en nuestro
ser la creencia de que somos seres aislados. Llegamos a convencernos de que
la vida física es lo único que hay; pasamos muchísimo tiempo creyendo que
somos mejores que otros; nuestra filosofía al relacionarnos es la de ser los
primeros en obtener lo mejor de la otra persona. La falta de propósito y
significado en la vida se suple con la creencia de que uno nace, compra, sufre
y se muere. Puesto que esta ilusión del ego es lo único que existe en la vida,
luchar por lo que uno quiere y derrotar a los otros configura de eje de nuestras
vidas.

La asunción del aislamiento es tan profunda que convencer a alguien de lo
contrario constituye una empresa de grandes proporciones. No obstante,
usted, en su fuero interno, sabe si lo que acaba de leer le describe o no. Y
puede tomar la decisión de no continuar permitiendo que su ego le mantenga
apartado de su yo espiritual.

Cuando uno abandona las creencias de su ego, se está en el camino de
convertirse en una de esas personas a las que Jean Houston, en una entrevista
para la New Dimension Radio, describía: “Apenas si eran narcisistas, apenas
egoístas. Apenas si reparaban en su individualidad. Sencillamente no
malgastaban tiempo preocupándose por sus aspectos externos. Estaban
enamoradas de la vida. Se encontraban en un estado de compromiso
constante con todas las facetas de la vida, cuando la mayoría de las personas
son pellejos que transportan pequeños egos”. Si quiere ser como esas
primeras personas tiene que conjurar la ilusión de que está aislado de los
demás.

La idea que tiene de sí mismo se dará a conocer una y otra vez cuando intente
conjurar la ilusión. Y cuando sepa que no está aislado, y la idea de usted
mismos se haya desvanecido, experimentará un contento jamás vivido.
Ya no tendrá que competir ni ser mejor que nadie. Ya no necesitará acumular,
ni perseguir honores. Habrá dejado atrás una idea que ha cultivado durante la
mayor parte de su vida. En lugar de verse como algo distinto de Dios y del
universo, vivirá su vida como conexión, no como separación.

El aspecto eterno de su yo podrá entonces influir en su vida. Sentirá su
conexión consigo mismo y con toda la existencia.


3.- el ego le convence de que usted es alguien especial. El ego no puede
reconocer que esa suprema presencia vea a todo el mundo como digno de amo
r. La idea de “nadie es especial” es algo que el ego no se toma a bien. Nuestro
entorno sociocultural tiende a estar de acuerdo con el ego en que hay personas
especiales y situaciones especiales.

Esta actitud es la que explica el que se mantenga artificialmente la vida, lo cual
es una burla del significado de la vida.

Decir que alguien es especial significa que algunos son más valiosos que
otros. Como si dios tuviera favoritos. Cuando le presentamos esta creencia a
nuestro yo espiritual, al punto vemos que es absurda. Sin embargo,
permitimos que nuestros egos creen categorías y les pedimos a los demás que
se guíen según las mismas.

La idea de lo especial niega la perfecta igualdad de la creación. También niega
el amor de Dios. Puede que su ego insista en que Dios le ama más que a otras
personas, negando así el amor incondicional que ofrece Dios y que usted
guarda en su interior. La insistencia de su ego en esto también implica sentir
miedo de no ser especial.

Se miedo de no ser especial le impide conocer la paz de Dios, la armonía con el
todo que conduce a júbilo que atesora su yo espiritual. La ide de ser especial
impide la percepción de que usted es una criatura divina. La propia estima,
que le es dada porque usted es un ser espiritual con una experiencia humana,
pasa a depender de que crea que es especial o virtuoso, ante los ojos de Dios.
Su verdadero yo no es especial. Es eterno, invisible y espiritual. La propia
estima no es algo que tenga que ganarse. Una persona realizada ni siquiera
piensa en ella porque no puede dudar de su propio valor. Sabe que hacerlo
sería dudar del valor de Dios.

El apego a la idea de que usted es especial crea enormes impedimentos para
despertar a su verdadera identidad. Cultiva el miedo y el resentimiento e
impide conocer el amor incondicional.

Descubrir a su yo espiritual es abandonar cualquier apego que le tenga a la
idea de que es especial o a la identificación con su ego. Esos apegos
simbolizan lo que usted ha llegado a considerar como éxito. El ego le alienta a
acumular, creyendo que eso aumentará su felicidad.

Pero usted sabe que la felicidad no se encuentra en el cuanto-más mejor. Sabe
que algo externo a usted no puede proporcionarle paz interior. Sabe que eso
es una percepción distorsionada de la realidad.

Dele la vuelta a esos pensamientos. Mire hacia la senda interior, donde se ve
conectado con Dios y con la vida.

4.- El ego se ofende con prontitud. Siempre que usted se siente ofendido, está
a merced del ego. Establecer reglas de cómo se le debe tratar es una forma de
garantizar convertirse en un ofendido crónico. Así funciona el ego.
Una de mis historias favoritas está relacionada con Carlos Castaneda y su
maestro espiritual, el nagul don Juan. Tras haber sido perseguido durante
varios días por un jaguar en las montañas, y estar convencido de que ese
jaguar iba a desgarrarlo miembro a miembro y comérselo, Castaneda por fin
consiguió escapar de la feliz bestia.

Durante tres días había vivido con el miedo de que iba a ser destrozado y
devorado por el jaguar.

Cuando su maestro le preguntó por esta experiencia, Castaneda, según consta
en su obra el poder del silencio, respondió:

Lo que quedó en conciencia fue que un león de las montañas –puesto que no
podía aceptar la idea de un jaguar- nos había perseguido montañas arriba, y
que don Juan me preguntó si me había sentido ofendido por que pudiera
arremeter contra mí aquel gran gato. Yo le dije que era absurdo que pudiera
sentirme ofendido, y él me respondió que debía sentirme igual respecto a las
arremetidas de mis congéneres humanos. Debía protegerme, o apartarme de
su camino, pero sin la sensación de ser tratado de un modo moralmente
incorrecto.

Todo lo que le ofende representa su sentido del egocentrismo. La persona que
le ofende no ofende a su verdadero yo, sino a la idea que usted tiene de quién
es. En el mundo de su yo eterno, nunca nada va mal, así que no hay nada que
pueda ofenderle.

Pero en el mundo de su ego, se ve de inmediato arrancado de la gozosa paz
desde su conciencia superior y arrojado a un mundo en el que usted determina
cómo piensan, sienten y se comportan los demás. Cuando no son como usted
cree que deberían ser, se siente ofendido.

Cuando haya refrenado a su ego lo suficiente, será capaz de tratar las
arremetidas de otras personas de la misma forma en que a Castaneda le
enseñaron a pensar con respecto al jaguar. Es obvio que no tiene sentido
“ofendere” por el ataque de un jaguar, porque sólo está haciendo lo que hacen
los jaguares.

Tanto si le gusta como si no, sus congéneres humanos, en algunos sentidos,
son como el jaguar. Están comportándose de manera natural. Si puede
aceptar eso sin sentirse ofendido, habrá colocado la idea que su ego tiene de
quién es usted en el lugar que le corresponde. Entonces recibirá la motivación
para hacer del mundo un lugar mejor, sin sentirse ofendido.

Cuando ha domado a su ego, ya no se siente ofendido por sus congéneres
humanos. Libre de las ilusiones del ego, ve a sus iguales como son en lugar
de cómo cree que deberían ser. El camino de su búsqueda espiritual queda
más despejado.

5.- el ego es cobarde. Su ego gana fuerza convenciéndole de que usted es
distinto de Dios. Para arraigar esta creencia, fomenta la ilusión de su culpa y
pecado, en un cobarde intento de evitar el rostro de dios, que es su verdadero
yo.

El ego cobra fuerza convenciéndole de que está separado de Dios y hará
cualquier cosa para que conserve esta actitud mental. Incluso tratará de
someterle al miedo alentando su creencia de que es un indigno pecador.
El yo espiritual conoce la vedad. Esa divina esencia sabe que en el núcleo de
su ser hay un espíritu divino, bañado por la luz del amor y el gozo. Cuando se
encuentre con que de forma continua le abruman ideas de culpabilidad, sepa
que son los actos cobardes del ego que tiembla de miedo ante la idea de que
comprenda que usted es una extensión de Dios.

Pero del mismo modo que el miedo a la oscuridad desaparece al encender una
luz, también la cobardía del ego desaparece ante la luz interior. El
comportamiento cobarde no es más que un síntoma de miedo. El antídoto del
miedo de la valentía.

Puede enfrentarse con valentía a los miedos y cobardía del ego si sabe que la
parte de Dios que hay en usted o está separada de la energía divina. Ese
conocimiento de proporciona el coraje para encender la luz del amor interior.
Así, la idea del ego –su ilusión de que usted forma parte exclusivamente del
mundo físico- se desvanece ante la luz.

6.- El ego crece al consumir. El falso yo le bombardeará constantemente con la
idea de que tiene que tener más con el fin de obtener la paz. El ego le empuja
hacia los signos externos del valor y se siente amenazado por la noción de que
usted pueda hallar paz en su propio interior. Este impulso a mirar hacia el
exterior es lo que yo he llamado “mirar en la dirección equivocada”

El ago intenta mantenerle mirando hacia el exterior en busca de la sensación
de paz y de una sensación de amor más profunda y rica. Su posición se vería
debilitada si usted conociera el amor y la riqueza que atesora dentro. El ego le
consagra, pues a mantenerle mirando en la dirección equivocada.
Al mirar hacia el exterior en este vano intento de hallar paz, usted se convence
de que las posesiones le traerán la paz y la satisfacción que anhela. El ego ha
tenido éxito al dirigir su vida al exterior y se regocija cuando centra toda su
energía en las adquisiciones.

Con la atención concentrada en lo que sabe erróneo, usted intenta corregir
esos errores mediante más adquisiciones. Lo cual le distrae del conocimiento
del poder de su mente para tomar la decisión de escoger la paz y el amor.
Así es cómo el sistema del ego permanece intacto. Es imperativo que recobre
el poder de su mente con el fin de superar las falsas creencias del ego.
Es imposible consumir el camino hacia la paz. Usted no puede comprar amor.
No existe paz en el cuanto-más-mejor. Esa manera de actuar sólo conduce a
una vida de lucha carente de sentido. El ego se siente amenazada y
atemorizado de que usted llegue a darle sentido a su vida. Quiere verle
abocado cada vez más a consecuciones de mayor complejidad.
Cuando usted deja de perseguir lo que no se puede obtener en el exterior,
infunde sentido a su vida y se sume en la placidez. Su falso yo ha sido
domado.

7.- el ego es un demente. Mi definición de persona demente es alguien que
cree que es algo que no es y que actúa en el mundo según esa creencia. Esto
es precisamente lo que cree el ego. Y a todas horas intenta convencerle de que
también lo crea usted.

La demencia persigue porque el ego teme a la muerte. Podríamos decir que el
go tiene la delirante creencia de que morirá si usted comienza a conocer su
verdadero yo. A medida que esta locura se apodera de su vida, usted llega a
identificarse con esa falsa idea de si mismo. Sin darse cuenta se suma
involuntariamente a la masa que también padece esa locura.

Tenga presente la siguiente cita del libro A Course in Miracles: “Éste es un
mundo demente, y no subestimes la extensión de dicha locura. No existe
aspecto alguno de tu percepción que no esté afectado”. Sin embargo, el
mundo está lleno de gente convencida de que el Espíritu Santo es algo
separado de ellos. ¡Y se pasan la vida intentando convencer también a otros de
esta locura!

Toda la violencia humana es un reflejo de la creencia de que somos seres
aislados. Si supiéramos que somos todos uno y que Dios está dentro de
nosotros, sabríamos que cualquier daño infligido a otra persona es una
violación de Dios. No seríamos capaces de comportarnos como lo hacemos
los unos con los otros. Pero la demencia del ego nos ha convencido de
nuestro aislamiento, de nuestra separación y nos ha alentado a llevar a término
nuestras venganzas.

Pierre Teilhard de Chardin, el teólogo y paleontólogo francés, escribió: “Somos
uno solo, al fin y al cabo, tú y yo; juntos sufrimos, juntos existimos y
eternamente nos regocijaremos del uno con el otro”. Esto es cordura: saber
que somos uno con Dios.

Para el ego, éste es un postulado peligroso porque amenaza su importancia.
La capitulación total ante los miedos del ego es una locura. Por ejemplo, a
Teilhard de Chardin su orden, los jesuitas, le prohibió publicar sus trabajos
filosóficos. Tuvo que sentir el dolor en lo más profundo, pero su cordura no se
vio alterada por un ego incorregible. Su conocimiento era más fuerte que su
ego y que las autoridades de la Iglesia. En la actualidad, los trabajo que se han
publicado de él son tratados ya clásicos.

Una de las ideas más insensatas de su ego es que usted es m oral y
spiritualmente superior a otros que no están buscando su yo espiritual de
manera consciente. Esta idea de superioridad espiritual es hija de la creencia
de que estamos s olos y desconectados del universo.

Según dicha creencia, las persona espirituales son un grupo aparte de aquellas
ligadas a su ego. Se trata de otro truco del ego para intentar satisfacer el
anhelo que usted tiene de conocer su yo superior, creando una dicotomía en la
que usted es mejor que otros. La realidad es que no existe ninguna dicotomía
inherente del tipo superior/inferior en la condición humana.

Cada uno de nosotros tiene su propia senda que recorre, cada uno de
nosotros será puesto a prueba de muchas formas. Su conocimiento de Dios no
le hace superior a nadie: sólo le aporta un sentido más profundo y rico. Los
que aún no han visto su luz interior continúan siendo parte de usted. Son
usted en otras manifestaciones: diferentes siluetas con conductas diferentes.
La esencia de usted y de ellos continúa siendo la única fuente de vida: la luz
celestial de Dios. S una locura permitir que el ego le convenza de adjudicar
etiqueta de superior e inferior a la amorosa esencia divina que hay dentro de
todos nosotros.

Las siete características del ego antes mencionadas son sólo una introducción
al tema. Exponen cómo el ego se entromete en nuestras vidas.

Experimentará un despertar espiritual a medida que adquiera conciencia de la
influencia del ego en su vida. La verdadera libertad es resultado de la
liberación del poder del ego. Sin embargo, el ego tratará de tentarle con
muchas falsas libertades a lo largo de la senda de su búsqueda espiritual.



LIBERTAD AUTÉNTICA FRENTE A FALSA LIBERTAD

Recordará que en un comentario anterior describirá la libertad como
despreocupación por uno mismo. Cuando se ha conseguido dominar al ego, la
libertad, en este sentido, resulta accesible desde el momento en que su mundo
interior no está obsesionado con sentirse ofendido, aislado o especial.
Liberarse del egocentrismo es la auténtica libertad.

Lo contrario de la auténtica libertad es la falsa libertad. Esta última es la
libertad que el mundo externo intenta vendernos. Es tan ilusoria como la
existencia del ego en cuanto entidad independiente. La falsa libertad, al igual
que el ego, no es más que una idea engañosa.

La idea es alimentada por el ego cuando le convence de que para ser en verdad
libre tiene que “obtener” algo externo. Ésta es la libertad que ofrece la
sociedad y que su ego persigue con el fin de reforzar la ilusión y enseñorearse
de su vida.

Para llegar al júbilo de la auténtica libertad, primero tiene usted que examinar el
tipo de libertad que persigue. Necesita ver qué tipo de libertad le alienta a
perseguir el entorno cultural en que vive. Es necesario que reconozca las
libertades de las que cree que disfruta y que no son auténticas.

He aquí varias de esas libertades que le ofrecen. Fíjese en cómo se diferencias
de la auténtica libertad, la que se obtiene de superar el ego y conocer a Dios.

La libertad de la química

El uso de una sustancia química para sentirse libre es el ego en el peor de sus
aspectos: una ilusión que alimenta una ilusión. El uso de sustancias químicas
genera alucinaciones y delirios en la vida cotidiana. El coste de esta forma de
bordar la libertad es la libertad misma.

El precio de las breves experiencias de libertad fundadas en el consumo de
drogas lo pagan demasiados seres humanos Nacen bebés adictos a la
cocaína; adolescentes que se prostituyen para pagarse la droga; se destruyen
familias y vidas; hay una escalada en la delincuencia; la productividad
disminuye; la pobreza aumenta; las condiciones de vida se convierten en
inhumanas.

La búsqueda de la libertad mediante el uso de sustancias químicas ha atrapado
a los consumidores en una vida en la que no se tiene nunca lo suficiente.
El ego le dice a tal consumidor: “Serás libre cuando experimentes el éxtasis
que se consigue con esta sustancia química”.

Pero el placer no pasa de ser físico. Dura sólo un momento. Y luego vuelve a
presentarse el ego, exigiendo más. Nunca se llega a la libertad por ese
sendero. Uno acaba haciendo cualquier cosa por conseguir aquello que ha
acabado despreciando.

¿Es auténtica libertad esto? Si lo fuera, uno sentirá que ha llegado al punto de
la satisfacción. Uno diría: “¡Esto es! No necesito nada más”.

Cuando se supera el ego, de modo simultáneo uno trabaja amistad con la
amorosa presencia divina que reside dentro de todos. Entonces el sujeto se
dirá: “Esto es. No necesito nada más. Quiero más amor, más vida, más
propósito; todo lo cual parece alcanzable gracias a mi yo espiritual y el
conocimiento de mi senda. Quiero autenticidad; no necesito una dosis de
droga ni una resaca, ni empobrecerme para alimentar mi hábito”.
La idea de que una sustancia química proporciona libertad es falsa. Lo único
que obtendrá de una idea falsa es la necesidad de más e insuflar vida al falso
yo, al ego.

La libertad sexual

La práctica de la libertad sexual ha producido exactamente lo contrario a la
libertad auténtica. La idea de libertad sexual ha creado una falsa libertad que
tiene un inmenso atractivo para el ego.

La libertad sexual ha deshecho muchas vidas. No estoy adoptando una
postura moralista respecto de la promiscuidad sexual. Estoy señalando que es
obra de su falso yo el convencerle de que este tipo de actividad sexual tiene
algo que ver con la libertad. Una prueba clave de si se halla en la senda de su
yo espiritual o en la senda externa de su ego es la cantidad de paz y armonía
que sus metas le aportan a su vida.

Nuestra búsqueda de tal libertad ha traído el mayor incremento de
enfermedades de transmisión sexual de la historia de la humanidad. Está claro
que la libertad sexual ha producido grandes daños. Dios es paz. El ego es
dañino. Una súplica de las que aparecen en la Biblia: “Dios, líbrame de mi
ego”.

La sexualidad impulsada por el ego es un reflejo de nuestro anhelo por conocer
nuestro yo espiritual. El ego nos convence de que esa libertad sexual no
aportará la paz, el gozo y el éxtasis que sabemos que nos aguardan en alguna
parte. Cuando aceptamos las soluciones del ego, obtenemos una falsa
libertad.

La auténtica libertad proporciona la libertad de conocer y sentir el amor de Dios
dentro de usted mismo, y de compartir esa experiencia en el mundo físico,
como una afirmación de ese amor, no como un fin en sí. Esta libertad se
encuentra mirando en la dirección contraria a la del ego, donde su yo superior
espiritual está esperándole. Compartir tanto su yo físico como su yo espiritual
es la verdadera libertad sexual.

El placer es una experiencia gloriosa y le insto a que tenga una vida lo más
placentera posible. Peor no confunda el placer con la libertad. La libertad
inspirada por el ego siempre se basa en una falsa sensación de seguridad
porque el ego mismo es una idea engañosa.

La libertad del dinero.

Recuerde que el ego crece con el consumo. La falsa creencia es que cuanto
más tenga, más adquirirá y en definitiva de mayor libertad disfrutará. Usted
puede comprar la libertad, le dice el ego, y es libre de gastar incluso el dinero
que no tiene todavía. El ego insiste en que lo único que tiene que hacer es
quererlo y que el ser especial le da derecho a ello. Ni siquiera tiene que
ganarlo, sólo quererlo.

Cualquier libertad entendida de esta manera es falsa y por lo general requiere
de tarjetas de crédito. Uno no es libre; de hecho, se es esclavo del crédito. Se
acumulan deudas a un interés usuario; hipoteca su futuro y su felicidad;
emponzoña su vida con preocupaciones y miedos; todo esto no aporta
auténtica libertad, en ningún sentido.

Los objetos no pueden darle la libertad. Eso es una trampa preparada por el
ego para mantenerle en una búsqueda consumista, alimentando siempre esa
falsa idea. El ego insiste en que encontrará lo que busca, siempre y cuando
continúe esforzándose por incrementar su éxito económico.

Pero ¿qué es lo que busca? Cuando yo era niño pensaba que era estar en el
equipo de hockey. Conseguí entrar en él y vi que no era eso. Más tarde pensé
que una cita con Penny, lo sería. Ella era maravillosa, pero tampoco era eso.
Pensé que tener mi propio coche lo sería. Luego que lo sería estar en la
Armada. Y luego que entrar en la universidad. Después pensé obtener una
licenciatura. Pero con cada logro, no conseguía alcanzar lo que buscaba.
Así que pensé que mi esposa lo sería, luego un hijo, o varios. Todos fueron
acontecimientos maravillosos en mi vida, pero no eran lo que yo buscaba.


Más tarde pensé que sería mi primera plaza de profesor, después mi primer
libro, y más tarde mi primer bestseler. Mas la meta seguía siéndome esquiva.
La auténtica felicidad no puede comprarse ni hallarse fuera de uno mismo.
Usted no hallará esa esquiva meta en el dinero, la fama, el prestigio, las
posesiones, ni siquiera en la familia.

Éstas son tres de las metas que el ego le propone en su esfuerzo por venderle
su idea de la libertad. La auténtica libertad es la de saber quién es usted, por
qué está aquí, cuál es su propósito en la vida y adónde va cuando se marcha
de aquí. E saber que su identidad no se halla en el mundo físico sino en el
mundo eterno, inmutable, de Dios.

La autorrealización es la auténtica libertad. La autorrealización no es algo que
uno adquiera sino una comprensión que, una vez conseguida, no puede
perderse. Todos los frutos de la falsa libertad pueden perderse antes o
después y se perderán. Todos lo exigen que sea especial y esté aislado, y
todos se convertirán en polvo.

La auténtica libertad es permanente. Está más allá de todo ese trajín. Y llega
como un conocimiento, no como una creencia. Una vez que sepa en su fuero
interno que esta experiencia interna de su yo superior es la fuente de su
libertad, la poseerá. Se verá libre de enojo, odio y amargura. En esencia, será
libre para amar. Su vida se colmará de júbilo porque habrá logrado la
autorrealización.

El yo de la autorrealización no es el ego. Así que ha de saber que la pérdida de
la falsa libertad no supone una pérdida. La libertad auténtica no deja lugar al
ego. Uno deja de se un egocéntrico.

Libre del egocentrismo, disfrutará de la auténtica libertad. Esta nueva libertad
le proporcionará un conocimiento que excluirá para siempre cualquier
incertidumbre. En cambio, vivirá la libertad como una conexión interna con lo
divino.

Sugerencias para superar el ego y alcanzar la conciencia superior
Las siguientes sugerencias le ayudarán a ponerse en contacto con el ego y
superarlo. Los siete capítulos que vienen a continuación le ofrecerán
estrategias más concretas para librar su yo sagrado del poder del ego.
Intente conocer su ego. Trate de determinar cuándo es el ego la influencia
dominante de su vida. Pregúntese: “¿Estoy escuchando a mi falso yo o a mi yo
espiritual?”

Cuanto más conciencia tenga de la presencia del ego y de cómo le manipula,
menos influencia tendrá sobre usted. Por ejemplo, si está pavoneándose ante
otra persona, o sintiéndose en cualquier sentido superior por su aspecto,
capacidades o posesiones, reconozca que es su ego quien está obrando, quien
está intentando convencerle de que está separado de Dios, y de su
superioridad respecto de otros seres humanos.

A medida que vaya adquiriendo conciencia de su ego, podrá liberarse del
egocentrismo y entrar en la conciencia superior. Como dijo Cicerón: “En nada
se acercan mas los hombres a los dioses que haciéndoles el bien a sus
iguales”. Saber cómo obra su ego es el primer paso para domarlo.

Comience a llevar la cuenta de con cuánta frecuencia usa el pronombre “yo”.
El egocentrismo es un hijo del ego. Le impide alcanzar la gozosa libertad
interna que caracteriza la búsqueda espiritual. Al sorprenderse cuando usa de
forma persistente el pronombre “yo” y tomar luego la decisión den o centrarse
en su propia persona estará superando el ego.

Se asombrará de la frecuencia con que utiliza esta referencia a usted mismo.
Cuando más pueda contenerla, más libertad experimentará.

Comience a considerar a su ego como una entidad que le acompaña y que
tiene un propósito. Este compañero invisible está siempre a su lado. Trata de
convencerle de que está separado de Dios, de su superioridad respecto de
otros, y de que es especial. Cuanto más escuche a esta entidad, más se
apartará de su senda espiritual.

A medida que vaya reconociendo los signos de la presencia del ego, dígase
con amabilidad: “Ya estás otra vez. Has dejado que mordiera el anzuelo y he
caído en la trampa de creer en mi propia importancia”. Descubrirá que la
mayoría de sus pensamientos y actos los provoca esa entidad invisible que le
compaña.

Él quiere que usted se sienta ultrajado cuando recibe un trato incorrecto,
cuando le insultan, cuando no le acarician; ofendido cuando no se sale con la
suya, herido cuando pierde una competición o discusión. Al reconocer y dar
nombre a esta entidad, acabará por ser capaz de hacer caso omiso de ella. Al
final, ya no representará el papel dominante que desempeña.

Primero la reconoce. Luego se percata de que está obrando. Por último, se
libra de ella.

Escuche a los demás y no se centre en sí mismo. Durante las conversaciones,
concéntrese en lo que la otra persona está diciendo y en lo que siente. Luego
responda con una frase que empiece or “tú, usted”.

Por ejemplo, si alguien está hablándole de una determinada experiencia, no
responda con una historia sobre una experiencia semejante que usted ha
vivido. Responda con algo que parafrasee lo que ha dicho el otro, o que le
convenza de que ha estado escuchando de verdad, que ha entendido tanto sus
palabras como sus sentimientos. Podría decir: “Pasaste por una experiencia
increíble, ¿eh?”.

Esto se denomina escucha activa. Se sorprenderá agradablemente de cuánto
aprenderá y de lo imbuido de propósito que se sentirá. Es una manera de
contener al ego y permitir que participe el yo espiritual.

Resiste el hábito de permitir que su ego domine su vida. Nisargadatta Maharaj
le respondió lo siguiente en uno de sus diálogos a alguien que le formuló una
pregunta: “Resiste los viejos hábitos de sentir y pensar; no dejes de decirte,
“no, así no; no puedo ser así; yo no soy de esta manera, no lo necesito, no lo
quiero” y con toda seguridad llegará un día en que toda la estructura de error y
desesperación se derrumbará y quedará libre el terreno para una vida nueva”
Cuando más se resista a permitir que su ego sea quien controle su vida, más
pronto llegará el día en que su yo espiritual llenará el espacio que antes
ocupaban las exigencias de su falso yo.

Practique la meditación diaria o el acallar su mente para deshacer la ilusión de
que está separado del universo. Cuanto más tiempo pase acallando el diálogo
interior, más cuenta se dará de que no está separado de Dios ni de los miles de
millones de almas, todas ellas extensiones de la energía de Dios.

Comenzará a tratar a los demás como le agradaría que le tratasen a usted. Se
sentirá conectado con todo. La meditación, más que cualquier otra práctica,
rompe la ilusión de estar separado.

Trate de borrar la palabra “especial” de su mente. Especial implica mejor que,
o más importante que. Niega que Dios habite en cada uno de nosotros. Todos
somos especiales: por lo tanto, nadie necesita la etiqueta de “especial”.
Usted es una criatura divina, eterna, y tiene un propósito, y cuando reconozca
esto, no necesitará compararse con nadie ni malgastar tiempo en comprobar
qué trato reciben otras personas.

Esto es el constante trabajo del ego. No deja de azuzarle para que demuestre
que usted es especial.

Abrace la verdad de que el supremo espíritu habita en todos nosotros. Cuando
uno sabe esto, se siente seguro y sereno, sin necesidad de halagos ni de que le
aseguren que es especial o distinto de otros. Somos todos hijos de Dios. No
hay favoritos. No se relega a nadie. Todos somos uno.

Escriba un diario. En él, describa lo que le ofende de otras personas. Trate de
descubrir en qué le beneficia sentirse ofendido. Si usted es objetivo, si lo
contempla desde la perspectiva del espectador, descubrirá que lo que en
realidad le ofende es cómo estima usted que deberían comportarse los demás.
Sin embargo, por sí mismo, el sentirse ofendido no altera los comportamientos
desagradables.

Así que intente tomar un caso en el que se sienta ofendido y limítese a
observarlo. Repare en que se siente ofendido y observe cómo eso se
manifiesta en usted. A medida que vaya haciéndose diestro en observar a su
ego en acción, descubrirá que este acto de observación desactivará su
ansiedad.

Mediante la técnica de observarse a uno mismo, usted llegará a ver que lo que
le ofende es obra de su ego, que le machaca una y otra vez que el mundo
debería ser diferente, que la gente no tiene ningún derecho a tratarle de forma
desconsiderada. Su ego insiste en que tiene derecho a sentirse ofendido,
herido, desdichado.

Estos juicios derivan de una idea falsa de usted mismo, la cual no deja de
esforzarse por convencerle de que el mundo debería ser como usted es y no
como en realidad es.

De más de sí mismo y pida menos a cambio. Está es una forma maravillosa de
domar el ego. Por ejemplo, León tolstoi, hacia el final de su vida, pasó de ser
un egocéntrico a ser un servidor de Dios, tras haber aprendido muchas de las
lecciones de la senda de la búsqueda espiritual. Y escribió lo siguiente: “El
único significado de la vida es servir a la humanidad”. Así de sencillo. Así de
profundo.

Cuando servir a otros se convierta en una prioridad, una pregunta acudirá a su
mente una y otra vez, como un mantra: “¿Cómo puedo servir?”. Habrá hallado
la iluminación espiritual y conocerá el júbilo.

Por ejemplo, done parte de su tiempo a un hospital infantil y ayude a esas
pequeñas almas a luchar con sus enfermedades. Fíjese en si su ego quiere
vanagloriarse de ello.

Abandone la idead e usted mismo como una entidad aislada necesitada de
caricias especiales. Sea quien acaricie. Cuando uno es el primero en dar
cariño, sabrá cómo es ser querido a través de sus propios actos
desinteresados. Trate de no hablarle a nadie de sus acciones filantrópicas, ni
siquiera cuando su ego le empuje a poner de manifiesto sus actividades.
Recuérdese cada día que el más alto culto que puede rendírsele a Dios es
servir a la humanidad, y que mediante ese acto su yo espiritual se sentirá
realizado. No necesita convencer a otros ni convencerse a sí mismo de que
usted es una criatura divina. Dé fe de ello en sus actos. Su despertar interior
al júbilo y al éxtasis será recompensa suficiente.

Ponga fin a la búsqueda externa de libertad y conozca el sabor de la auténtica
libertad que es la comunión con su yo espiritual. Cada vez que se sorprenda
buscando algo más con el fin de sentirse libre, pregúntese en voz alga: “¿Será
esto lo que finalmente me liberará?”.

Imagínese en posesión de eso que tanto ambiciona. Sienta que ya tiene el
coche, la casa, la droga, el ascenso o cualquier cosa que crea que es su billete
hacia la libertad. ¿Es libre? ¿O está un paso más alejado de la auténtica
libertad?

El ejercicio de imaginarse con lo que desea, y luego pregúntese si se es libre,
le pondrá en contacto con lo que significa ser auténticamente libre La
auténtica libertad no necesita nada para demostrar su existencia. La falsa
libertad exige que tenga en la mano algo que dé fe de su existencia.
Saber esto le liberará de las directrices de su falso ego, el cual teme a esa luz
interior celestial que brinda la auténtica libertad.

La conciencia superior exige una nueva relación con la realidad. Hasta ahora
ha leído sobre el destierro de la duda, el cultivo de la condición de espectador,
la manera de acallar el diálogo interior y la liberación de su yo espiritual del
ego. Puede practicar estas cuatro claves de acceso a la conciencia superior en
cualquier parte y cualquier momento. Le garantizo que si así lo hace,
comenzará a ver que un milagroso despertar tiene lugar en su vida.
Al aplicar estas claves de acceso a la conciencia superior, tenga presente que
su búsqueda en realidad consiste en hacer que su yo espiritual tome las
decisiones cotidianas de su vida.

En la tercera parte expondré los principales conflictos que surgen de la
dicotomía entre el espíritu que nos habita y la falsa idea del ego. Le
proporcionaré ideas claras para permitir que el yo espiritual aflore como
potencia dominante en su existencia.

Cuando sienta que está alcanzando su yo espiritual ya no vivirá conflictos.
Conscientemente despertará a su misión divina. Conocerá a Dios, tal vez por
primera vez desde que abandonó la nada y llegó al aquí y ahora.


TERCERA PARTE

Trascender las identidades del ego
La flor se desvanece por sí misma al crecer el fruto.
Así se desvanecerá tu yo interior al crecer el divino dentro de ti

VIVEKENANDA



WAINE W. DYER 

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