No sabemos lo que tenemos hasta que lo perdemos
Una estrella no significa nada hasta que te la quitan. Es triste pero es así, nos cuesta valorar cada detalle y cada presencia. No conocemos el valor de lo que pertenece a la cotidianidad y, como creemos tenerlo seguro, lo descuidamos.
Entonces cuando menos lo deseamos nos vemos en la obligación de mirar hacia esa puerta que se cerró esperando a que se quede entreabierta y a que nos dé tiempo a recuperar algo de lo que hay tras ella. Puede ocurrir que ya sea demasiado tarde y que la pena de la pérdida nos haga llorar de manera desconsolada ante aquello que se acabó.
Si nos paramos a pensar, a veces somos incapaces de reconocer lo esencial de nuestra vida y lo que de verdad necesitamos y queremos mantener. Fijamos nuestra mente en una idea de permanencia ficticia a través de la que intentamos justificar nuestros descuidos hacia los demás.
Pero no, no estamos hechos de la misma pasta que la eternidad y si alguien no valora nuestra presencia, acabamos por ofrecerle nuestra ausencia. Todos nos hemos cansado alguna vez de insistir o de permanecer sin sentirnos valorados, por lo que es importante que pongamos atención a las señales.
El silencio habla más que las palabras para quien sabe escucharlo
Los problemas no suelen surgir de la noche a la mañana, sino que vienen precedidos por ciertos juegos de silencios, enfados y desencuentros. Así, estos comportamientos no son más que el fiel reflejo de que algo se ahoga dentro de nosotros y que necesita respirar.
Es difícil resolver las dificultades cuando tratamos los conflictos relevantes de manera fría y distante, cuando ya no hay ganas de discutir, cuando se cree que todo está perdido y cuando dejamos que se congele el amor.
O sea, los problemas no se resuelven de manera inmediata, hay que esforzarse en escuchar todo, incluso los silencios a los que sometemos nuestras ideas y sentimientos.
Una discusión tiene que enfrentar y encontrar a las personas porque, de lo contrario, no sirve de nada. De la misma forma, los silencios también tienen que fluir con extrañeza, con tiempo y con misterio. Tienen la función de que aproximar posturas a cámara lenta y con sosiego; no con objeto de que las partes implicadas cedan, sino de anclar los desatinos y recuperar la comprensión.
Los silencios y las discusiones nos acercan si sabemos comprenderlos, si nos aproximamos y reconocemos su existencia, con su ira, con su hostilidad o con cada uno de los ingredientes que lo compongan.
Mientras las desavenencias nos conduzcan a encontrarnos podremos gozar del placer de ver acercarse a las personas que se estaban alejando, sin tenernos que ver en la obligación de decir adiós.







