Hay personas para quienes el espejo es un ojo que las juzga. Se ponen ante él y se examinan, detectan cualquier «fallo» y se proponen ponerle remedio (si pueden). Se miran como quien ve algo externo; como la muñeca con la que jugaban y procuraban embellecer.
Estas personas no tienen ningún tipo de intimidad consigo mismas; no se miran a sí mismas a los ojos y si lo hacen es de un modo frío y casual.
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Soy un gran defensor de la empatía, pero habría que descartar reclamar un comportamiento empático en las personas que son incapaces de mostrar empatía incluso hacia sí mismas.
Es muy curioso este distanciamiento de uno consigo mismo, esta cosificación que hace uno de sí mismo, este centrarse tanto en las apariencias que se olvida la pregunta fundamental: ¿a quién le interesa quedar «bien»? ¿Quién hay ahí dentro que se ve tan oportuno defender?
Si jamás has hablado con ese tú mismo, si nunca has sentido esa confianza y comunión contigo mismo, entonces estás defendiendo a un extraño. Es curioso, ¿verdad?, que queramos defender tanto a ese «extraño».
Estamos tan ocultos dentro de nosotros mismos que no sabemos a quién estamos defendiendo ni para qué. Seguramente porque estamos tan identificados con el cuerpo que creemos que al dar este una «buena imagen» la totalidad de lo que somos está protegida… desde el momento en que somos el cuerpo mismo. Naturalmente, a partir de esta postura, los estragos del tiempo nos lo arrebatan todo, para desconsuelo de un cuerpo-mente que se siente impulsado a gastar dinero para retrasar lo inevitable y a «distraerse» para no verse abrumado por el pensamiento de la caducidad.





