Para quien se “informa” por distintos miedos, perdón, medios de comunicación, el mundo parece estar más violento que nunca, mientras iría a la deriva en lo económico. Esta aseveración se presenta mechada con bonitas publicidades que nos venden productos que nos salvarían de tal horror. Es irónico observar el vacío generalizado, que procura ser llenado con cosas y actividades que lo distraigan.
¿Hay que pelear contra eso, hay que rendirse y ser uno más, hay que huir, hay que desentenderse, hay que aceptarlo, hay que contribuir a uno distinto? ¿Está el mundo peor que nunca o se encamina a algo mejor? ¿Cuál sería la posición de quien dice ser espiritual? ¿Despertarse a este tipo de preguntas lo hace más fácil o más difícil? ¿La ignorancia es bendición? ¿La información es poder?
Nos hagamos estos cuestionamientos o no, la verdad es que estamos inmersos en los hechos. ¿Se puede observarlos objetiva o subjetivamente? Algunos dirán que no existe la objetividad y tiendo a convenir, ya que no podemos evitar ver con nuestros propios ojos, por más entrenados que estén. Finalmente, creamos el mundo con nuestras ideas y emociones, con nuestra vibración y elección.
La mayoría piensa que no es así, que eso ahí afuera no tiene mucho que ver con ellos, que son las víctimas de un sistema ya construido. En el fondo, todos pensamos eso. Los que alegamos estar más despiertos también, porque cada uno de nosotros tenemos puntos ciegos y caemos en la ceguera común en algún momento.
Un comienzo sería preguntarnos si el mundo es amable o peligroso. Lo que elijamos marcará intensamente el tono de lo que encontremos, de lo que atraigamos y de lo que construyamos colectivamente (Todos Somos Uno, así que seremos responsables de las consecuencias). Hace tiempo, conté cómo se presentó este dilema para mí (nota de Caminos al Ser: copiamos el artículo al que se refiere Laura aquí debajo). Sigue siendo una propuesta, porque cada día trae nuevos misterios y aprendizajes.
Una interrogación más profunda nos revelaría que no existe tal mundo, que es una ilusión colectiva. Aun así, mientras una parte nuestra está existiendo en ella, ¿qué elegimos ser, creer, crear? Me parece que ésa sería una pregunta oportuna en estos tiempos…
¿Vives en un mundo amable o en uno peligroso?
Durante bastante tiempo, yo albergué una persona “mala” en mí. Por momentos, era inocente, despreocupada, amorosa, confiada. Otros, estaba llena de rabia, violencia, inseguridad, era manipuladora y ventajista. Por supuesto, era mi terrible secreto, uno que me quemaba como un ácido y que me distanciaba de los demás. No es que ellos no se dieran cuenta de algunas de estas cosas: rezumaba agresión de a borbotones o era pinchuda como un puercoespín. Me odiaba tanto como odiaba al mundo.
En algún momento, comencé a plantearme esta esquizofrenia. Una de las cosas que primero me alertó fue un episodio que me sucedió cuando tendría unos 20 años. Estaba caminando por Lavalle, en el centro de Buenos Aires, y una anciana pordiosera me pegó y me insultó cuando pasé a su lado. No sólo me sorprendió porque iba distraída en mis asuntos y porque fue furioso sino porque arrancó una pregunta instantáneamente: “¿por qué a mí?”. Cientos de personas circulaban por la misma calle… ¿qué tenía yo que me eligió para sus agravios incoherentes?
En esa época, yo me ponía cualquier objetivo y lo conseguía. Los demás decían que yo tenía “suerte”. A veces, pensaba que tenían razón: mientras ellos estaban detenidos por sus prejuicios o sus miedos, yo avanzaba como un tren sin frenos. No es que no tuviera temores (tenía montones), pero mi deseo de experimentar, de conocer, de aprender eran más fuertes.Hasta que los efectos de algunos desaguisados me detuvo en seco y aprendí que todo tiene consecuencias y que había que ser responsable de lo que uno creaba.
Mi mundo estaba dividido: cosas increíbles y cosas horribles me pasaban; personas buenas y cariñosas me rodeaban al igual que otras manipuladoras y egoístas; recibía ayuda desinteresada y también indiferencia; sentía que podía lograr cualquier cosa que me propusiera y que la sociedad me lo negaría; que era omnipotente e impotente; que había un bien y un mal… ¿o no? El camino espiritual se estaba desplegando al igual que mi conciencia.
Entonces, no sé adónde, leí que la gran pregunta que definía todo era: ¿es este un mundo amable o uno peligroso? Según la respuesta que nos diéramos, era lo que encontraríamos. Yo me estaba planteando uno peligroso, que reflejaba mis propios aspectos “malos”. La vieja que me pegó era un espejo, de mi violencia, de mi nula autoestima, de esa idea de que la vida estaba en mi contra o de que se me castigaría por mis pecados. Cuando me desconectaba de eso, aparecía un mundo que me protegía, me seguía en mis juegos, se mostraba brillante y bello. ¿Cuál de los dos era real? Los dos, por supuesto. Y ninguno.